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RÉQUIEM PARA EL RELOJ DEL SUR

Escrito por: Alfredo Rodriguez

Escritor y Periodista

Publicado el: 14 Sep, 2020
Portada de la cuarta edición de Evadas

En junio de 2014, a mitad de la delirante e histórica borrachera de poder que se dieron los masistas, se les ocurrió cambiar el sentido a las manecillas del reloj del edificio del Congreso Nacional y hasta invirtieron la numeración de aquel artefacto. El finado «Mataperro» Rojas y «Papaliza» Choquehuanca le pusieron nombre a su dañinera, lo bautizaron como el Reloj del Sur, y ordenaron que todos los consulados y embajadas bolivianas en el extranjero tengan cronómetros similares.

Los borrachines explicaron que la insólita medida llevaría a los bolivianos a «cuestionar las normas establecidas y pensar de forma creativa». Por supuesto que, junto a esos argumentos, también repitieron los estribillos de la desconolización y toda la sarta de improperios y desvaríos andino-astronómico-sicodélico-fenomenológicos a los que nos tenían acostumbrados.El insólito reloj corrió desde entonces en sentido contrario y lo sigue haciendo hasta ahora. Ya debería estar arreglado para que funcione como otro cualquiera, hacia adelante, como corresponde, inexorable como el tiempo mismo, como un río que fluye al mar, a decir de Allan Parson.

En estado de ebriedad, cosas como estas son comprensibles; pero la idea de hacer correr un reloj hacia atrás no fue algo casual. Durante su hegemonía, el masismo buscó en la simbología la manera de darle una forma a algo que carecía de ideología, un discurso a lo que nunca tuvo contenido. Aquello no fue socialismo (pregúntenle a los verdaderos socialistas), tampoco indigenismo (los teóricos indígenas lo saben, los pueblos originarios siguen debatiéndose en la más extrema pobreza). El MAS fue un fenómeno populista que se valió de los movimientos sociales, de una compleja red sindical, de movimientos ambientalistas y de muchos otros colectivos cuyas banderas levantó, pero con las que jamás realmente se identificó, para detentar el poder y prorrogarse en él. El único compromiso real que Evo Morales asumió fue con los cocaleros del trópico cochabambino y con su próspera industria de alcaloides.

Para darle vida a ese Frankenstein, el MAS creó un sistema de símbolos que le confirió un hilo conductor al menjunje del que se valió, al que añadió la narrativa de la supuesta inclusión y un enemigo mutante imperialista, neoliberal y saqueador al que había que arrebatarle lo que nos robó y que nos hizo sufrir 500 años de opresión. El reloj del sur fue entonces una gran idea para representar la descolonización. La maquinaria propagandística masista se encargó del resto. La entronización de Evo Morales en Tiahuanaco, como si se tratara del último Inca (jefe supremo de los indios de los Andes, se hizo llamar), fue el preámbulo del circo.

Viajar en el tiempo no es algo que los masistas inventaron. Por favor. El anhelo de hacerlo es antiguo, recurrente y de ello se ha ocupado la literatura en tantísimas oportunidades. HG Wells, Isaac Asimov, Mark Twain, Ray Bradbury y muchos otros autores han intentado sus propias máquinas y portales para volver al pasado o trasladarse al futuro con diferentes propósitos. La escritora Biyú Suárez, por ejemplo, se anticipó a una Santa Cruz de la Sierra del próximo siglo, en su libro Paralelo 22, donde los anillos están suspendidos en el aire, manteniendo su diseño concéntrico y cuyo eje es una sola rotonda, donde se conserva todo el aparato administrativo de la capital oriental. La escritora cruceña vaticina en su obra muchos cambios que ya han comenzado a ocurrir.

Durante muchos años, Hollywood también nos entretuvo con sus gusanos y sus bucles temporales. Los paralelismos resultan inevitables. Si el Reloj del Sur fuera efectivamente parte de una máquina que permita corregir errores del pasado, quizás su misión más inmediata sería un viaje a noviembre pasado, con una buena cantidad de raticida y DDT a bordo para limpiar de parásitos a todos los Ministerios y oficinas del Estado; habría que llevar además a los líderes de nuestras luchas para que terminen bien su trabajo. O se podría ser más radical e ir más atrás en busca de los padres del tirano e impedir que se conozcan.

Muchas cosas se podrían corregir con un aparato así. Otro viajero del tiempo podría regresar hasta 1994 y aterrizar en el estadio Soldier Field, de Chicago, para advertirle al “Diablo” Etcheverry que no se deje provocar por Lothar Matthäus, que le darían ganas de patearlo, pero que no debía hacerlo. Una parada en las negociaciones aquellas en las que cambiamos nuestra salida al mar por un ferrocarril en 1904, también sería necesaria; y otra más para advertirle al Mariscal Antonio José de Sucre sobre las conspiraciones en su contra, en los inicios de nuestra historia republicana.

Sin embargo, no se puede. No hasta ahora. El tiempo avanza y el Reloj del Sur ya debe pasar a ser una postal más de la borrachera que acabó y cuyo registro quedó inmortalizado en la cuarta edición del libro Evadas.

Un detalle más. Cuando le pedí a mi ilustrador, el gran contralmirante Billy Castillo, que grafique la bellacada del reloj que funciona al revés, jamás imaginé que se anticipe (una vez más) a los últimos días del tirano. La cubierta aquella muestra al Evo de ahora, en su afán por hacer retroceder el tiempo como sea.

Quiere volver y robar más millones. Añora los días de joda, de fútbol televisado con sus amiguis de la selección del 94, de semen sobre su harem de quinceañeras, de periodistas amarrahuatos, cómplices y chupatetillas, de jaranas con artistas devaluados, de paseos por el mundo a costa del Estado y de tantos otros excesos, pero se han acabado. Y el cocalero no sabe hacer otra cosa, es por eso que quiere regresar en el tiempo y seguir en la juerga. Lo intentó, al hacerse nombrar como jefe de campaña de su partido, luego sembrando el hambre y el terror en plena pandemia y, más recientemente, como precandidato al Senado. No lo ha logrado, no lo hará, no lo dejaremos.

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